La vuelta al mundo

domingo, octubre 28, 2007

Terceira. Las Azores más españolas

Un mirador, y al otro lado del puerto, un fuerte, una historia. Hasta hace unos minutos, la muralla, de cuatro kilómetros, era un boceto entre la niebla y la lluvia, pero súbito, como no es infrecuente en las Azores, el viento ha despejado el cielo, y el castillo de San Juan Bautista, antes de San Felipe, luce en toda su inmensidad. Dicen que es la mayor fortaleza construida por España en el mundo, en el monte de Brasil, sobre la bellísima bahía de Angra do Heroísmo. Desde aquel lugar los soldados españoles protegían los barcos que llegaban de América con sus vientres cargados de plata. Hoy, un destacamento del Ejército portugués custodia el fuerte, aunque su vida parece bastante más relajada que la de los cañoneros de Felipe II. Incluso invitan a un café a los turistas, a media tarde, mientras el Atlántico azota las rocas sin compasión.
Muchos barcos y muchos hombres han sido devorados por estas aguas fieras. Los expertos creen que en el fondo del mar hay cientos de navíos, algunos con sus tesoros intactos, a la espera de una Odyssey cualquiera. En cuanto a las personas, nuestras tropas perdieron su primer asalto en 1581, en la batalla de Salga, en la que participaron Cervantes y Lope de Vega, y triunfaron en el segundo, 1583, dirigidas por Don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz. «Los azorianos esperaron al ejército español en lo alto de una colina y arrojaron sobre él rebaños de toros enfurecidos…», escribió Antonio Tabucchi en «Dama de Porto Pim». El castillo, levantado en 1592 por orden de Felipe II, tenía cuatrocientas piezas de artillería en un área de tres kilómetros cuadrados.
Entre el mirador dedicado a los afanes liberales de Pedro IV, el Outeiro da Memoria, y el viejo castillo descansa Angra do Heroísmo, Patrimonio Mundial de la Unesco. Los periódicos y los libros dicen que el 1 de enero de 1980, un terremoto destruyó gran parte de sus edificios, pero tras la impecable restauración, si no lo supiéramos, diríamos que su estructura urbana, de calles rectilíneas, y sus casas, zurcidas con piedra porosa de origen volcánico, son como eran en el siglo XVI. No hay vallas de publicidad, ni edificios altos, ni siquiera un McDonalds. Sólo coches, eso sí, y no muchos en cuanto abandonamos Angra. La ciudad, como la isla, dormita en la historia, con sus iglesias, con esas casas entre el blanco de las fachadas y los amarillos o azules del cerco de las ventanas y puertas, con las calzadas de adoquines de piedra basáltica.
Hay más rastros españoles en la isla, por ejemplo en el bar que acoge la «Tertulia tauromáquica terceirense», junto a la plaza de toros. Los parroquianos apuran una cerveza rodeados de carteles de las ferias locales, o de alguna otra como la de Cuéllar, en Segovia. Los animales para el ruedo —en Portugal no se matan, como se sabe— llegan al centro del Atlántico en barco, desde la península, pero en las zonas altas de la isla se crían otros toros destinados a la gran fiesta de Terceira, la Vaca das Cordas. La escena se repite trescientas veces entre mayo y octubre, en cualquier pueblo. Una cuerda rodea el cuello del toro, que persigue a los corredores por un itinerario señalizado. Algunos consiguen esquivar sus embestidas, otros se refugian en el mar y no pocos vuelan por los aires, antes de que quienes sujetan la cuerda logren impedirlo, entre las risas del público.
Terceira tiene 29 kilómetros de largo por 17,5 de ancho, y la habitan unas 55.000 personas. Es fácil recorrerla en coche y a pie, por carreteras y caminos poco transitados, o incluso adentrarse en los trillos, senderos que cruzan las zonas más elevadas, como en la Reserva Forestal Natural do Biscoito da Ferraria. La tierra rojiza contrasta aquí con el verde intensísimo del cedro o la laurisilva, y lo hace de una forma tan poderosa que resulta difícil apartar la mirada. Llovizna otra vez. Aparece un lago entre los árboles. Y, al cabo, la Gruta do Algar do Carvâo, un capricho de la naturaleza. Es una caverna volcánica creada durante una erupción hace un par de milenios. En los techos hay estalactitas y estalagmitas formadas por depósitos de ácido silícico, algo muy poco común en la zona. El descenso por esta chimenea de cien metros de profundidad resulta sencillo.
En Terceira hay alguna playa y la temperatura del agua es aceptable (entre 16 y 22 grados, según la época del año), pero éste no es ni mucho menos un destino de sol y playa, sino de historia y naturaleza. Quien busque un baño puede encontrarlo en Praia da Victoria, la segunda ciudad de la isla, o en algunas de las piscinas naturales acondicionadas en recodos formados con piedra volcánica. Tras las rocas, esta tarde se agita el Atlántico. Los viejos pescadores de los alrededores suelen decir que las Azores son islas del mar de abril a septiembre y de agricultura y ganadería en invierno, cuando el océano se torna ingobernable.
La isla del «trío de las Azores», Bush, Blair y Aznar (la base militar estadounidense en Terceira llegó a sumar 5.000 efectivos durante la guerra fría, y aún tiene unos 3.000), recuerda otras fotos que han amasado su historia. Ésta fue «tierra de destierro» para muchos liberales a finales del XVIII, y el lugar donde empezó a nacer la revolución liberal portuguesa de principios del siglo XIX. De ahí el apellido de Heroísmo del que presume la capital, Angra.
Azores está lejos de cualquier lado, de América y de Europa, islas perdidas en el corazón del Atlántico. Quizá por eso tan poco visitadas por el turismo de masas, y tan apetecibles para cualquier viajero curioso que se adentre en estas tierras con el libro de Tabucchi entre las manos, o con «Mal tiempo en el canal», de Victorino Nemesio, nacido en Angra, la mejor novela sobre las Azores, según el escritor Enrique Vila-Matas. La información meteorológica y los anticiclones han hecho mucho para situar esta esquina en el mapa. El paisaje que vemos al despedirnos hace mucho más para invitarnos a volver.

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miércoles, julio 11, 2007

Yemen: algo salvaje

El Sol se quita las legañas a las seis en punto, una hora después de que los 4x4 de los turistas arrancaran motores. Por delante, catorce horas de desierto y botes, de polvo. Seguimos la ruta de las caravanas que, unos siglos antes de Cristo, cruzaban la península arábiga con su cargamento de incienso, mirra y especias. Tomaban su carga en el puerto de Adén y, muy lentamente, entre tormentas de arena y un paisaje desolado, emprendían su largo viaje. Cruzaban la ciudad de Shabwa, buscaban oasis, soportaban un infierno de calor... Vivían peligrosamente. Casi como el grupo de turistas que se dispone a bambolearse por seiscientos kilómetros de vacío, dunas, poblados de beduinos, rebaños de camellos, el desgarro de un paisaje que araña, hasta llegar a la desangelada habitación de un hotel de Seyún.
Unos cientos de españoles apuntan cada año a Yemen como escenario de sus vacaciones, a pesar de las recomendaciones del Ministerio de Asuntos Exteriores, incluso a pesar de la prudencia, atraídos por un país que sobrevive tal como era, perdido en algún punto indefinido de su historia. En busca de algo salvaje, Una cicatriz en la tierra, un valle saturado de piedras, de casas que cuelgan de lo alto de los riscos, de tonos ocres, de postales en el filo. Y de monumentos que justifican la escapada, incluso el riesgo.
En Shibam, Patrimonio de la Humanidad desde 1984, el viajero regresa a la infancia, cuando iba a la playa, llenaba un cubo de arena, y otro, y otro más, y, casi sin querer, construía una fortaleza. A Shibam le llaman el Manhattan del desierto, y la sensación es la misma de aquellos días de playa. Hace trescientos años, alguien se dedicó a coger cubos de arena, los convirtió en adobe, y colocó uno sobre otro hasta rozar el cielo: nueve pisos de altura que flotan sobre el desierto como una aparición. Son quinientas torres verticales, arrebujadas, caóticas, en las que viven diez mil personas. Los hombres de la familia de Hamat reciben a la expedición en una de esas casas; en otra sala, las mujeres esperan.
La Sharia (ley islámica) pone velo a las mujeres, que se mueven vestidas de negro por las calles de Sanáa, la capital, otro reino de edificios de adobe con una decoración recargada a base de celosías, miradores, molduras y lacerías. Un paraíso para los arquitectos. Y para los mirones. Hay tanto que ver... Los yemeníes mascan desde media mañana las hojas del qat hasta formar bolas en las mejillas. Produce excitación, evita la somnolencia y el hambre, fomenta la comunicación... Un cierto efecto euforizante que, desde los años 70, cambió la economía del país: las plantaciones de qat sustituyeron a las de café o a los cereales. Los mercados y las camionetas rebosan de estas hojas verdes.
El camino de los turistas es agotador, bajo un calor que no da tregua, en la caravana que protege la Policía, en busca del Trono de Bilqis, Reina de Saba, un templo construido en el siglo X antes de Cristo; de las casas que se levantan sobre la roca en Al-Hajjarah; de la ciudad fortaleza de Hababa, o de los edificios fantasmas de Marib. Y de pronto, en una mercería de un pueblo perdido, un arsenal de Kalashnikov en venta, como si fueran «souvenirs». Las armas están en todas partes. Los AK 47, claro, a modo de los revólveres en las películas del Oeste, y las tradicionales «jambiyas», dagas curvadas que cuelgan de la cintura de los hombres. Qat, armas, polvo, y una belleza radical.
Un día cualquiera vemos un camello dando vueltas a un molino para producir aceite de sésamo. O una boda festejada con tiros. O las secuelas de la guerra en la terrible carretera del desierto. O el pacífico amanecer en el puerto de Mukalla. O unos zocos que nada tienen que ver con los de Marruecos o Túnez. Aquí nadie te acosa. Al cabo, en el Medievo no había turistas.

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jueves, abril 05, 2007

Hergé, cien años Ríos de tinta en Bruselas

Anspachlaan es una calle dibujada a carboncillo, coloreada en los días de sol y en escala de grises las mañanas frías. En cincuenta metros hay tres librerías dedicadas exclusivamente al cómic. En sus escaparates disparan héroes enmascarados, brujulea un periodista con tupé, se derrama la sangre en un callejón urbano, y huele a comida en la aldea que resiste a los romanos. Frédéric Ronsse es el copropietario de una de esas tiendas, «Brüsel», quizá la más importante de la ciudad, muestra de la inmensa producción de viñetas de este corazón europeo. Ronsse nos guía entre los veinte mil volúmenes que se ordenan con precisión en sus estanterías, hasta que un punto seguido lo convierte en aparte. «El cómic es un lenguaje universal -afirma-, y el nombre de esta librería es una prueba. Bruselas no se escribe Brüsel en ningún idioma, de forma que, cuando cruzamos esa puerta, es como si estuviéramos en un territorio imaginario».
En «Brüsel» hay exposiciones temporales (en mayo, «Futuropolis»), una amplia oferta de muñecos en los que dejarse el sueldo; litografías de Lucky Luke, el vaquero con las manos más rápidas que su sombra; «best sellers» del género, como la ley del dólar de «Largo Winch», y libros procedentes de medio mundo. Da pereza regresar al ruido de la calle. Aunque en seguida Ronsse nos recuerda que Bruselas entera podría considerarse una ciudad de la «bande dessinée». Para empezar, aquí nació hace exactamente un siglo (Etterbeek, 22 de mayo de 1907) Georges Remi, el creador de Tintín, el personaje más popular de la Europa dibujada. Tanto tiempo después, la herencia de Hergé (el seudónimo procede de la pronunciación en francés de la «r» de Remi y la «g» de Georges) se ha multiplicado infinitas veces, con cientos de nuevos creadores, personajes, tiras, ríos de tinta.
Dicen que en Bélgica hay setecientos artistas del cómic, que el 60 por ciento de los libros que se venden en el país tienen bocadillos en su interior, que cada año se editan unos 6.000 títulos del género, algo más de la mitad en francés y el resto en flamenco, y que el 80 por ciento se destina a la exportación. «Es una industria muy importante, con un peso en nuestra economía», afirma Christos Kritikos, un griego que ejerce de guía en el «Centro belga del arte de la tira cómica», uno de los museos más visitados de la ciudad. Los héroes de papel zascandilean por las vitrinas de sus salas, la primera vez que Peyo dibujó la silueta azul de un pitufo, la única escena en la que Lucky Luke disparó a matar, antes de que sus historias fueran para todos los públicos, el «dos caballos» ilustrado que le regalaron sus colegas a Jean Roba («Boule et Bill»).
Art nouveau y el noveno arte
El museo se instaló en 1989 en uno de esos bellísimos edificios del «art nouveau» creados por Víctor Horta (1861-1947), el arquitecto total. La reacción contra los neoclásicos y los neogóticos dio lugar a un diseño modernista, con abundante hierro y vidro, reflejo de una era fabril y febril. Este lugar que también tiene un siglo de vida fue una empresa textil, un espacio abandonado, un proyecto de aparcamiento de varias plantas, y, al cabo, un refugio para Tintín y sus amigos, aparentemente satisfechos de pasar sus días entre estas paredes. «En nuestro fondo hay más de siete mil páginas originales -afirman sus gestores-, que exponemos en tandas de doscientas, ordenadas por temas o autores, en muestras que cambiamos cada dos o tres meses».
Después de ese aperitivo en la primera planta llega el recorrido por los autores y su trabajo. Peyo, nacido en Bruselas, el creador de los pitufos (schtroumpf, en versión original); Roba, uno de los dibujantes de la edad de oro de la revista «Spirou»; Morris y su «Lucky Luke»; Franquin, de cuya imaginación nacieron «Spirou» o «Tomás el Gafe»; Sleen, autor de «Néron», o Willy Vandersteen, un representante de la colaboración entre los universos a menudo separados de flamencos y valones. Vandersteen («Bob y Bobette») y Hergé trabajaron juntos, y de alguna manera representan el talento de ambas comunidades. Tintín -en flamenco, «Kuifje»-, el periodista trotamundos, tiene por supuesto un rincón permanente en este hogar del cómic, quizá menos aparatoso de lo que podríamos pensar. Vemos la línea clara del dibujo, el terremoto de emociones que puede expresar el rostro del capitán Haddock, o las eternas discusiones por cualquier cosa de Dupond y Dupont (Hernández y Fernández, Thomson y Thompson, Jansen y Janssen.). El primer álbum apareció en 1930. El último, en 1976. La familia dejó al personaje ahí, sin aceptar nuevas aventuras, en un intento por respetar al máximo la herencia del genio.
Cómics en el menú del día
El año del centenario de Hergé no ha tenido una celebración apoteósica en Bruselas, quizá por la cotidianidad con que sus habitantes se meten a diario dentro de una viñeta. La gran exposición se realizó a principios del año en París. Y la muestra «Tintín, Haddock y los barcos» se anuncia para el 9 de junio en Ostende, en la costa. «Aquí no hace falta un acontecimiento para descubrir esta cultura», dice un aficionado. Sí, el corazón del cómic late a todas horas en la capital. En los más de treinta murales que adornan otras tantas fachadas, en el «bar dessiné» del hotel Radisson, adornado con trazos originales de autores de prestigio, o en las estaciones de Metro de Stockel o la Gare du Midi. En la entrada de esta última se inauguró a principios de año una inmensa reproducción de un Tintín con cara de velocidad, en la cabina de una locomotora.
Bruselas descubrió las posibilidades del cómic para adornar las paredes de sus calles hacia 1990. Poco a poco, las fachadas de las esquinas tristes y los rincones que podrían haber sido basureros empezaron a iluminarse con personajes y escenas de tebeos. Hoy hay unos treinta y dos «cuadros» en la zona centro, aunque la cifra va en aumento. Cubitus y Manneken-Pis hacen travesuras pelín escatológicas. Blake y Mortimer juegan a los espías en la marca amarilla. «El futuro no es lo que fue», se lee en un grafito junto al Ángel de Yslaire. Dos inmigrantes dan patadas a un balón frente a un poblado galo. Tintín, Haddock y Milou escapan de la vigilancia de los agentes de seguridad. Y a los pies de alguna de esa viñetas pintadas en la pared, abren las terrazas de los bares próximos en cuanto aparece un rayo de sol, una cerveza para recibir el buen tiempo. Cultura popular en estado puro.
Los colegiales de ciudades de los países próximos se acercan de buena mañana para hacer el «tour de la bande dessinée», unas tres horas de caminata por el centro, primero a dos pasos de la Grand Place, en el barrio de l'Ilot Sacré, y luego en las viviendas sociales un poco más alejadas, habitadas hoy mayoritariamente por inmigrantes. A algunos de esos estudiantes les entregan en sus colegios como material de trabajo viñetas con los bocadillos vacíos para que elaboren su propia historia, una forma de ejercitar la imaginación, de conseguir nuevos lectores y de familiarizarse con este arte, tres en uno.
Cerca del bullicio en sesión continua de la Grand Place encontramos el reino del silencio de Alain Walsh, un librero especializado en el genéro fantástico. En su establecimiento, bautizado como «Malpertuis», treinta años abierto, apenas caben tres o cuatro personas con cierta comodidad, pero pocos como él cuidan tanto la atención, el consejo, el seguimiento de las novedades de la ciencia ficción. Dice que sus firmas preferidas son Hugo Pratt, autor de «Corto Maltese»; Enki Bilal, un yugoslavo que trabaja en Francia, o los belgas Dany, con un toque erótico en su obra, y Jacobs, creador de «Blake y Mortimer». En Bruselas hay al menos una docena de librerías especializadas en cómics, algunas inmensas, como «Brüsel», otras que surgen como un pequeño descubrimiento, tal que la de Walsh. Un recorrido por sus estanterías es otra forma de conocer la ciudad.
Bruselas, la capital invadida por los funcionarios, el centro vacío tras el cierre de las oficinas, ha hallado en las viñetas una forma de expresar su alegría, su sentido del humor, su imaginación burbujeante, o incluso, a veces, su soledad. «La violencia, menos; eso lo encontrará más en el manga japonés», dice un aficionado que toma notas en el museo del cómic. Hergé fue un navegante pionero en el río de tinta que durante un siglo ha llenado revistas, periódicos y libros, y el caudal ahí sigue, vivo y con nervio.

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martes, marzo 27, 2007

Urueña, la villa ilustrada

La semana pasada llegó el ADSL. Noticia de portada. En Urueña no hay periódico, ni siquiera kiosco, pero la gran novedad se anuncia en el mesón de la plaza; y lo repiten Michel, el músico, y Jesús, el librero de toda la vida, y Joaquín Díaz en su despacho, bajo una luz tenue y cálida que se pierde entre las canas de su barba abundante. Una imagen que parece decir: «Silencio, se habla». Se medita. Se devana el ovillo de la historia. Joaquín llegó con las maletas a esta colina amurallada del corazón de Castilla el último día de 1988. «Me instalé en otra casa, mientras se hacían las obras aquí. No tenía calefacción, y el viento soplaba de una forma terrible. Por la mañana, en la calle, alguien me dijo: “Ay, si eso no es nada. Cuando sopla de verdad se lleva las tejas”».
Joaquín Díaz, folklorista, había conocido Urueña a principios de los 70, durante una grabación para la televisión. «Era una ruina noble, que se había salvado de los atropellos urbanísticos de los sesenta porque aquí no había dinero». Le encantó. Pero él andaba entonces tras esos sueños que siempre han guiado su vida: encontrar un público que amara lo tradicional, en su época en los escenarios (1967-1976); recorrer las aldeas y entrevistar a los lugareños en busca de sus músicas y costumbres; y, al cabo, demostrar que los pueblos tienen posibilidades de vivir si se invierte «un poco» en ellos. Por eso volvió a Urueña, para montar su Centro Etnográfico, inaugurado en 1991, en La Mayorazga, una casona del XVIII. Allí vive hoy, junto a 16.000 libros, 6.000 pliegos de cordel, miles de horas de grabaciones, unas mil aleluyas (historias contadas con viñetas), cientos de cancioneros desde 1850 a nuestros días…
«Al principio, bajaba a barrer la calle a las seis de la mañana, para que no me viera nadie. Y los amigos me llamaban y me decían que estaba loco, pero yo era consecuente con una forma de ser, una actitud que quizá haya podido resultar contagiosa», afirma. Seguro que sí. «La primera Villa del Libro española está en Urueña en parte por él, porque había otras alternativas», admite Pedro Mencía, director del centro cultural, museo y área de investigación E-Lea. Y muchos de los forasteros que han comprado casa lo han hecho atraídos por su imán. Michel Lacomba (bajista con Eliseo Parra, Aute, Suburbano, Luis Pastor) y Rosa Munguía vinieron hace cinco años para montar su estudio de grabación (Barlovento). Lo enseñan orgullosos. «Es maravilloso. El silencio te deja apreciar los sonidos de verdad, el viento, el aleteo de los pájaros al atardecer», saborean las palabras.
A Urueña le va como anillo al dedo el sonido de un chelo junto a las murallas, la conversación, la puesta de sol sobre la inmensidad de Tierra de Campos, un poema de Antonio Colinas: «¿Conocéis el lugar donde van a morir / las arias de Händel? / Está aquí, en el centro del centro de Castilla». Algo de todo eso, y (siempre) Joaquín, atrajo también a Jesús Martínez, el primer librero de Urueña. «Este era el pueblo más pequeño de España con librería, la mía, Alcaraván», comenta divertido. A principio de los noventa, Jesús, empleado de la Tienda Verde en Madrid, viajaba de cuando en cuando a Valladolid para comprar la revista «Folklore», dirigida por Joaquín Díaz. Un día preguntó dónde vivía, y le dijeron que en Urueña. Así descubrió el pueblo, así maquinó el plan de huida de Madrid. «Fue en 1993. Al principio había fines de semana en los que no venía nadie».
Jesús Martínez no sabe cómo le va a afectar la repentina invasión de libreros, diez aventureros instalados a partir de ahora intramuros, dentro del proyecto Villa del Libro que ha puesto en marcha la Diputación Provincial de Valladolid y que gestiona Turisvall. Pero, con tres lustros de experiencia, deja un consejo en el aire: «Aquí hay que pasar dos inviernos». Sabe de lo que habla. Del frío. De la soledad. Del viento que fustiga la colina. De las noches largas. «Claro que es una locura», admite Miguel Ángel Delgado, de treinta y tres años, propietario de la librería «Alejandría», uno de los recién llegados. «Mire, soy el único librero de antiguo en Valladolid; si no estuviera loco, no tendría ni siquiera ese espacio físico, y tampoco éste. Vendería por internet, como muchos de mis colegas». Delgado se ha especializado en libros de arte, dadaísmo, surrealismo, poesía visual, en Gómez de la Serna o Julio Cortázar, en Picabia, y en presentar esos volúmenes con un evidente detenimiento en la estética.
La Villa del Libro ha hecho mucho ruido al nacer. 3.600 visitantes el primer fin de semana. «Es un híbrido entre turismo y cultura —opina Pedro Mencía, que se subió al proyecto en marcha, hace unos meses—. Y yo creo que el comercio muy especializado de productos culturales en entornos singulares tiene muchas posibilidades de éxito». El escenario cumple con la premisa. Urueña, Conjunto Histórico-Artístico, es una fotografía bien conservada del Medievo, de cuando se levantó el castillo (Alfonso I «El Grande»), fue cabeza de merindad del infantazgo de Valladolid (Sancho II «El Fuerte»), se fortificó (Sancho III «El Deseado»). Al caer la tarde, cuando Joaquín Díaz nos acompaña por las calles, el personaje y la villa se confunden en el tiempo.
Amancio Prada, que se acaba de comprar y rehabilitar una casa, y Luis Delgado (La Musgaña, Cuarteto de Urueña, especialista en cancionero andalusí), que trajo aquí su colección de instrumentos musicales, también aluden a la amistad con Joaquín Díaz. «Viví en Lavapiés; luego, en Torrelodones, y, desde hace una década, en Urueña. Cada vez más lejos de la ciudad», decía Delgado mientras preparaba el concierto que ofreció ayer en Berlín con motivo del cincuenta aniversario del Tratado de Roma. «Hemos vivido un ritmo de crecimiento lento, en el que algunas iniciativas tenían éxito y otras fracasaban; por eso surge un cierto temor a la irrupción de demasiadas propuestas juntas, a crear un parque temático».
Fernando Gutiérrez y Rosa de Miguel también huyeron de Madrid, en el caso de Rosa tras hacer un curso de encuadernación en el centro cultural Conde Duque. «Queríamos irnos, y estábamos mirando por Soria, pero supimos de Joaquín a través del escritor Avelino Hernández», recuerdan. En septiembre de 1993 abrieron el taller de encuadernación que ahora se disponen a reformar y ampliar, en el que esta mañana reparan un lomo con el mimo de los artesanos. Con una dedicación como la de Concepción García, quien descubrió la caligrafía hace cinco años y que ahora forma parte de la Asociación Alcuíno, grupo que participa en el proyecto «Villa del Libro». «Queremos recuperar la atmósfera del scriptorium, las plumas de ave, los monjes, el pergamino. En la sociedad del e-mail y del “control z” creemos que esto tiene un valor».
Concepción, sobre la Villa del Libro, dice: «Un poco utopía, pero ¿por qué no?». Pilar Verdú, valenciana, periodista, impulsora de Efecto Violeta Ediciones, encargada tres años de las actividades culturales del Instituto Cervantes en París, supo de Urueña por internet, presentó un proyecto basado en la cultura mediterránea y lo ganó. Ahora tiene librería y una casa recién comprada, síntomas de un flechazo a primera vista. José Antonio Largo y su esposa, Esperanza, tenían Urueña más cerca. Trabajan en Valladolid. Ella al frente de la «Boutique del Cuento», él como profesor de Historia. La atmósfera que persiguen tiene que ver con los cuentos de Calleja, con desplegables y troquelados, con las ilustraciones de Roberto Innocenti. En cuanto al negocio, «con no perder…».
Los cinco libreros de la Asociación Alvacal que comparten local en Urueña tampoco esperan ganar dinero. «Creemos que una iniciativa de estas características debe reflejar todos los mundos del libro, desde el actual a los incunables o la segunda mano», dice Felipe Martínez, presidente de esta asociación de veintidós libreros de viejo. Felipe cree que hay bibliófilos, bibliópatas (gente capaz de grandes esfuerzos por conseguir algo) y curiosos, «que no vendrán necesariamente por los libros, pero que, una vez aquí, pueden comprarlos». Esa es la idea del principio. La de Joaquín Díaz se resume así: «Me gustaría reivindicar un crecimiento razonable para Urueña, pero también la soledad y el silencio como generadores de esa atmósfera imprescindible para la serenidad del razonamiento

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martes, marzo 13, 2007

Amazonas, la llamada del ecoturismo

Los policías nacionales Silva e Ipuchima desenfundan un teclado Yamaha y un micrófono, los conectan a la luz y echan una ojeada al cielo. A eso de las dos y media aterrizará, como todos los días, el vuelo de Aerorepública procedente de Bogotá. Silva e Ipuchima calientan la voz en la sala de recogida de equipajes, una estancia rudimentaria con cinco ventiladores de aspa que renuevan con esfuerzo el aire húmedo y pegajoso de esta esquina del mundo. Ha llovido hace un rato, antes de que llegara el único avión de pasajeros que hoy tomará tierra en esta pista, cargado de turistas y de mercancías para Leticia, la capital del departamento. No hay protocolo, ni «finger», ni «follow me». Se detiene el avión junto a la caseta-recepción, bajan los pasajeros, y Silva e Ipuchima, vestidos con su uniforme caqui, se arrancan con una melodía de aire brasileño. No parece que desafinen en exceso, mientras los pasajeros se hacen con su maleta y degustan una refrescante mezcla de cachaza y hielo. «Bienvenidos al Amazonas, la mayor reserva mundial de la biosfera», proclama Ipuchima antes de entonar el siguiente son.

En realidad, la Amazonia mancha de verde siete países, pero nosotros estamos en Leticia, un curioso lugar lejos de cualquier sitio, pero a dos pasos en sentido literal de Brasil y Perú. Hasta aquí sólo se puede llegar en avión (una hora y cuarenta minutos desde Bogotá) o en barco, en una travesía de varios días desde Iquitos o Manaos. Quizá por eso, cuando el vuelo de Aerorepública despega hasta el día siguiente se mezclan las sensaciones: el tipo de paz que sólo se masca en el fin del mundo y un pellizco de inquietud, de fragilidad, que desaparece al zambullirnos en el trajín de la calle, en el caótico tráfico de motos (para qué servirían los coches, si sólo hay una carretera de unos pocos kilómetros), en el olor de la yuca sobre la parrilla y el runrún de la inmediata selva.

En Leticia anochece pronto, igual que se apaga una pequeña vela en la inmensidad del horizonte, pero amanece tan deprisa que apenas da tiempo a dormir. A eso de las cinco menos cuarto, el puerto ya bulle de actividad. Los vecinos de las comunidades cercanas llegan para vender su mercancía, en especial los pescados del río, gamitana, dorado, bocachico o el sabrosísimo pirarucú, un tesoro no siempre disponible. Alrededor de los puestos, una levísima estera sobre el suelo, resuena el rugido de las motos, que también madrugan, y el primer ir y venir de los barcos. Dicen que ahora está de moda el «peque-peque», un motor de 5,5 caballos poco intrusivo cuando se trata de observar la naturaleza, las cientos de especies de árboles o aves que esperan río adelante. En una esquina del puerto atracan los cargueros que cubren el trayecto hacia Manaos. Los mochileros los cogen por 150.000 pesos (unos 50 euros), que dan derecho a hamaca y comida, y a las vistas, claro.

La lancha rápida avanza veloz sin que el gran río mueva un músculo. De una orilla a otra puede haber hasta cinco kilómetros en este trapecio desconocido incluso para los colombianos. «A la izquierda, Perú. A la derecha, Colombia. A su espalda, Brasil», le pone palabras al mapa Antonio Regifo Galdino, guía desde hace una eternidad, incluso cuando no había turistas. Ahora llegan unos 28.000 al año, una cifra razonable si se tiene en cuenta que en Leticia viven poco más de 30.000 personas, pero ridícula si se pone en relación con un entorno tan apabullante. El inmenso Amazonas, 6.775 Kms, las tres fronteras, el mismo río que recorrió Francisco de Orellana en 1542 desde los Andes hasta el Atlántico.

En el siglo XVI, en la Amazonia vivían millones de indígenas. «Hoy, en este departamento quedarán unos 20.000», dice Shirley Whiler, directora del museo antropológico de Leticia. La mayoría, ticuna, aunque también hay huitotos, yaguas, yucunas... y así hasta diecinueve grupos étnicos, repartidos en pequeñas comunidades a lo largo del río. La lancha del capitán Malaquías Castro se detiene con los turistas en los poblados tras el rastro de esa historia. Los más viejos cuentan las leyendas del abuelo sabedor (chamán) y las reuniones en la maloca para tejer el canasto de la vida, o recuerdan la tradición de que los hombres fabricaran máscaras y tambores para el «pelazón», el ritual de iniciación de las mujeres indígenas, que incluía el corte de pelo al cero, o muestran las cerbatanas y los dardos mojados en curare. Por supuesto, hoy nada es lo que fue. Los indígenas venden su artesanía a los viajeros, que les acribillan a fotos, o trabajan para alguna multinacional, como el grupo Decameron, que construye senderos, un restaurante y un hotel en la isla de los micos.


La autopista de agua se ha llenado de maleza y palos, y el cauce se antoja de repente una trampa para marineros inexpertos. El capitán Castro, que lleva en el Amazonas más de veinte años, llega sin problemas al Parque Nacional Natural Amacayacu, una de las cincuenta y una áreas protegidas en Colombia. El ecoturismo ha movido en todo el país 1,5 millones de visitantes en los últimos dos años. Hasta la Amazonia han llegado muchos menos, entre otras cosas porque el río y la selva se asociacian con frecuencia únicamente a Manaos (Brasil), y no a Colombia. En las 293.000 hectáreas del Amacayacu, cualquier aficionado a la observación de fauna y flora sentirá la emoción que provoca un tesoro recién descubierto. Encontramos veinticinco senderos interpretativos, pensados para una escapada corta o para una incursión de varios días tras el rastro del jaguar o de los caimanes, tras la silueta de las enormes ceibas, el árbol clásico de las regiones tropicales.

Empieza a llover de nuevo, aunque en este lugar donde rara vez se baja de los treinta grados eso poco importa. En Amacayacu, parque que dispone de alojamientos confortables, machacan el mensaje del turismo sostenible. Y una idea parecida mueve a los vecinos de Puerto Nariño, un pueblo a dos horas de Leticia en lancha rápida en el que no está permitida la circulación de coches o motos, salvo el camión de la basura y la ambulancia. La selva nos rodea por todas partes. Julián, nombre castellanizado de un yagua, guía un paseo en busca de árboles representativos. Aquí está la capirona, una especie que muda la piel como si fuera una serpiente. Allá, el ojé, con sus raíces inmensas. Cerca, la hamaca del duende, el cumala, el cedrillo, o el capinurí, el árbol de la fertilidad. Cientos, miles de troncos diferentes salpican un camino al que apenas consigue llegar la luz, tan tupido, tan aparentemente infranqueable.

En el muelle de Puerto Nariño atracan con regularidad los paquebotes de los pescadores, y alguno turístico. Uno de ellas, manejado por Saulo, de veinte años, suele adentrarse en los lagos del Tarapote, una balsa de agua y paz sobre la que el atardecer cae a cámara lenta. Los lugareños vienen a este refugio en busca de pescado —araguanas, pintadillos, sábalos...— que vender en el mercado de la mañana. Los turistas, en cambio, aguardan el ocaso y la silueta de los delfines rosados, el silencio, los saltos de estos bellísimos ejemplares. De regreso a Puerto Nariño, donde la luz se corta a las doce de cada noche, el estruendo de la gran ciudad se antoja sólo un vago recuerdo.
Malaquías Castro pisa el acelerador camino de Leticia, con parada en otras comunidades indígenas o en la casa flotante construida por Aviatur. Es un hotel móvil de lujo para ocho personas en el que recorrer el río. En Leticia aún se podrá estirar la excursión. Quizá practicar kayak, en alguna quebrada que se interna en la selva, o canoping, ese deporte que consiste en trepar con un sistema de poleas hasta la copa de unos árboles de inmenso porte. Quizá pasear por una ciudad vigorosa pero en la que sólo hay un semáforo. O pasar a Brasil para comer. En esta tierra fronteriza, la mañana se escapa rápido. A las tres, Silva e Ipuchima nos esperarán en el llamémosle aeropuerto. Si la lluvia violenta del trópico no lo impide, el avión despegará a las tres y media en punto.

Cuaderno de viaje
Cómo llegar. Avianca, Iberia y Air Comet vuelan desde Madrid a Bogotá. Hasta Leticia, capital del departamento del Amazonas, sólo se puede ir en avión, con Aerorepublica, por unos 225 euros. Hay un vuelo diario.
Alojamiento. La mejor opción es el hotel que la cadena Decameron abrió recientemente en Leticia. Hay otros alojamientos en la ciudad (el Anaconda sería la alternativa), pero todos ellos son más modestos. Otra posibilidad es alquilar la casa flotante para ocho personas que ha construido Aviatur y que suele echar el ancla en un recodo del Amazonas entre Leticia y Puerto Nariño. El alquiler completo cuesta 540 euros/día.
En el río. Aviatur o el hotel Decameron ponen a disposición de los turistas lanchas y guías para llegar hasta Puerto Nariño, al parque nacional Amacayacu, a la isla de los micos o al territorio de la victoria regia, esa flor espectacular tan característica de esta zona. Si prefiere buscar un guía directamente, puede contactar con Antonio Rengifo.
Qué comer.
En el Amazonas, los peces del río son las estrellas, sobre todo el codiciado pirarucú. En cuanto a la carne, la alternativa más frecuente es el pollo, acompañado, como siempre, por yuca, arroz y patacones (plátano frito cortado en rodajas). El catálogo de zumos naturales es espectacular. Los podremos encontrar de arazá, copuazú, camucamu, carambolo, chontaduro, guayaba...
Precauciones. Se exige la vacuna de la fiebre amarilla, y se recomienda repelente para los mosquitos, tratamiento contra la malaria (aunque ésta no es una zona de peligro) y protección contra el sol. En cuanto a la seguridad, en el trapecio amazónico no opera ningún grupo armado, por lo que la sensación de tranquilidad es completa. Lo mismo ocurre en Bogotá, ciudad que ha mejorado en este aspecto de forma muy llamativa. www.colombiaespasion.com / www.proexport.com.co (91 577 67 08).

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martes, enero 30, 2007

Innsbruck, el invierno en el corazón de los Alpes

Desde el banco de salida del trampolín olímpico de saltos de Innsbruck se ve el cementerio. Antes de empezar su vuelo de más de ciento treinta metros sobre el vacío, estos deportistas —pronúnciese aventureros— seguramente prefieren mirar a otro sitio. Por ejemplo, al casco urbano, más allá de las lápidas, o a los dientes de sierra de los Alpes, a la nieve, al reino de las montañas. La ciudad es relativamente pequeña, unos 130.000 habitantes, y se extiende más de lo que podíamos suponer a la vera del revuelto río Inn. Sólo unos edificios altos y pintados de colorines, construidos para los Juegos Olímpicos de 1964, desentonan en la manejable y apacible capital del Tirol (Austria).
Las cumbres, habitualmente barnizadas de blanco —aunque este invierno la nieve se ha hecho de rogar—, protegen Innsbruck como si fueran una legión de fortachones gigantes, de riscos invencibles a dos pasos de la frontera italiana y alemana. Al sur, junto a ese trampolín que tantas veces hemos visto en televisión, las moles son de granito, y las laderas bastante asequibles para los esquiadores. Al norte, en cambio, las pendientes convierten las pistas en las más difíciles de la región. Lanzarse desde los más de dos mil metros de Seegrube / Nordpark sierra abajo, hasta las primeras casas, requiere alguna experiencia y ningún vértigo.
Memoria histórica
Ya con las tablas quitadas, en Innsbruck se puede utilizar el tranvía o los taxis, si aprieta el frío, pero el centro histórico pide a gritos un recorrido a pie que puede comenzar en el arco del triunfo, en la calle de María Teresa, construido en 1765 para celebrar la boda de Leopold II, uno de los dieciséis hijos de la emperatriz, con la infanta española María Ludovica. El esposo de María Teresa falleció durante los festejos, lo que da a este monumento, a la capilla del palacio imperial y al convento para religiosas de ascendencia aristocrática que se levantaron en memoria de aquellos días, un barniz de melodrama, de fiesta interrumpida. Es sólo un segundo, porque en seguida regresa el presente, el alboroto de un grupo de turistas que se fotografía con el telón de fondo de las montañas, las tiendas de sombreros tiroleses.
Dicen que en estas calles cuarteadas por los raíles de los tranvías cayeron 75.000 bombas en la II Guerra Mundial. Al menos una de ellas se quedó sin estallar junto al altar de la basílica de Wilten, una joya construida entre 1751 y 1756, y recuperada bajo la inspiración del arquitecto-párroco Franz de Paula Penz en el XVIII. El azar de aquella bomba inane se recuerda como un milagro. Y es que en una de las regiones más católicas del mundo, la fe casa bien con casi todo. Vemos imágenes religiosas en las paredes de los restaurantes, en la recepción del hotel Europa Tirol, en las fachadas de incontables casas de los pueblos de los alrededores, en Igls, Mutters o Natters, y, desde luego, en la catedral, dedicada a Santiago de Compostela, ejemplo de barroco y de las eternas relaciones de los Habsburgo, los Borbones, Austria y España.
Innsbruck fue residencia imperial, circunstancia que ha dejado en muchos edificios y calles una pátina de grandeza. Este rincón era el capricho de Maximiliano, uno de los primeros senderistas de los Alpes, aficionado insobornable a la caza y a la montaña, que eligió el Tirol para pasar largas temporadas. También lo eligió para morir, aunque ese último trance le atrapó finalmente en Viena. En su querida Innsbruck había diseñado una aparatosa tumba, una obra maestra del género. Hoy la vemos —vacía, ya que los restos del emperador permanecieron en la capital— en la iglesia de la Corte, rodeada de veintiocho grandes estatuas de bronce dedicadas a la realeza. Son fieles y minuciosos retratos creados por los mejores artistas de la época, entre ellos Durero.
Cerca de la Hofkirche y de la tumba que Maximiliano no llegó a ver terminada se halla el tejadito de oro, quizá el monumento más conocido de Innsbruck. Se trata de un mirador cubierto por 2.657 tejas de cobre dorado que añadió Maximiliano I a la antigua residencia de Federico IV. Entre las dos luces del atardecer y el blanco azulado de los riscos, el tejadito desde el que el emperador contemplaba el trajín cotidiano de la ciudad es un imán para las cámaras de los turistas. Disparan como si se fuera a acabar el mundo. Alrededor, las callejuelas, edificios hermosos como esa cercana fachada de estilo Regencia; la torre vieja, un punto de observación al que merece la pena subir a pesar del esfuerzo, 148 escalones y noventa y tres metros de altura, y el palacio Hofburg, reformado en estilo rococó durante la época de María Teresa. Su interior se antoja desangelado, con pocos muebles, y sólo la sala central, llena de retratos de la interminable familia de la emperatriz, confirma el esplendor que se supone al edificio.
En cuanto dejamos atrás la zona más abigarrada del centro, la vista se va casi sin pretenderlo a las montañas. A muy pocos kilómetros de estas calles están las estaciones de esquí, los glaciares —en los que la nieve está asegurada incluso un invierno en el que parece primavera—, y los pequeños pueblos que siembran las laderas de casitas tradicionales, o de residencias de quienes se han cansado del «agobio» urbano de Innsbruck. En Igls, esta mañana, las «balas humanas» del «bobsleigh» vuelan sobre el hielo. Apenas se les puede seguir con la mirada. Esta pequeña localidad vivió una enorme transformación durante los Juegos Olímpicos de 1976, y merece una parada, aunque sea para ver la iglesia, quizá del siglo XIII, y las fachadas de las casas, decoradas con pinturas religiosas, como siempre en el Tirol.
Los dos Juegos Olímpicos celebrados en Innsbruck han aportado a la ciudad y a su entorno una popularidad inmensa. Basta una prueba para comprobar el efecto: las pistas de esquí suelen estar llenas de estadounidenses, para quienes, entre otras cosas, resulta sorprendentemente más barato esquiar aquí que en Colorado. También hay australianos (Innsbruck tiene una oficina de turismo propia en las antípodas), y, desde luego, alemanes o italianos: el Tirol les queda a tiro de excursión de fin de semana. En cuanto a los españoles (60.000 pernoctaciones en 2006), por ahora preferimos estas montañas en primavera-verano, cuando el verde se come al blanco.
En la carretera que nos lleva a Kühtai, un pueblecito situado a más de dos mil metros, sobran las curvas en las que detenerse para atrapar tantas postales alpinas como queramos. Y una vez arriba, aparece al fin el invierno tal como lo imaginamos en los Alpes. El hielo. La nieve. Las siluetas abrigadas que descienden en zigzag. Los remontes en danza. Incluso un viento afilado que corta los labios, que nos obliga a cerrar la cremallera del anorak a la altura de los ojos. Desde aquí arriba, el mundo es blanco y radiante. Por eso, los Habsburgo eligieron Kühtai para instalar su pabellón de caza. Sentados a la mesa junto a un descendiente de Sissi y Francisco José, alguien pregunta: «¿Y si nieva tanto como para quedarse aislados?». El conde de Stolberg-Stolberg sonríe: «Bueno, aquí eso no sería demasiado grave, ¿no cree?».

Lo que hay que saber
El viaje. Lo más cómodo es volar hasta Múnich. Lufthansa enlaza esta ciudad con Madrid y Barcelona a partir de 104 euros i/v, todo incluido. 902 220 101. Four Seasons Travel cubre el trayecto hasta Innsbruck en unas dos horas con minibuses para seis personas que funcionan como un taxi compartido. El precio, i/v, ronda los 100 euros por persona.
El hotel. Desde la página www.innsbruck.info se pueden localizar incontables posibilidades de alojamiento en Innsbruck y los pueblos de los alrededores. Dos opciones céntricas pueden ser el Europa Tirol, cómodo y con un restaurante excelente, y el Goldener Adler, el más antiguo de la ciudad. En la entrada presumen de una lista de celebridades que han dormido en sus habitaciones, desde Mozart a Goethe o el Emperador Maximiliano. Está situado en pleno casco histórico.
Comer. «Licht Blick». Restaurante panorámico, con excelentes vistas sobre Innsbruck y las montañas, en la séptima planta del edificio Rathaus. «Solo Vino», ambiente y comida italiana. Compras. La ropa tirolesa es mucho más que folclore. Se ve por la calle, se usa en muchos casos a diario. Ledenbaur es una tienda especializada en abrigos y trajes regionales y típicos. Brixnerstrasse, 4.
El mundo del cristal. La fábrica de Swarovski está a apenas 10 Km de Innsbruck. Allí se ha creado un parque temático del cristal frecuentadísimo por rusos y japoneses, entre otros.
Para saber más. Turismo de Austria: 902 999 432.

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viernes, diciembre 22, 2006

Champagne, paseo con burbujas

En Hautvillers, un pequeño pueblo de ochocientos habitantes, hay sesenta casas de champán y ciento sesenta carteles colgados de portales o esquinas dedicados al monje benedictino Dom Pérignon (1639-1715). Jacques Postel, un jubilado de verbo fácil que a menudo ejerce de guía, «para completar el mes», se cala una gorra de felpa sobre su frente despejada, y comienza el paseo bajo una leve llovizna otoñal. «Mire el campo —dice, al final de la última esquina, junto a las cepas de Moët et Chandon—. Este es el paisaje de la región: el pueblo, las viñas que cubren las laderas y, sobre las colinas, el bosque».

En Champagne-Ardenne, todo son burbujas, desde el nombre de las ciudades hasta el menú de los restaurantes. Desde el aperitivo en el bar de la plaza, a eso de las doce, hasta las conversaciones. En el caso del guía Postel, la charla vuelve hacia Pierre Pérignon, que vivió en la abadía de Hautvillers cuarenta y siete años. «Estaba lleno de virtudes. Dignificó esta comunidad», se puede leer en la lápida que le recuerda, junto al altar de la iglesia (la abadía que completaba el conjunto original fue destruida durante la Revolución Francesa). Ya no quedan conventos en este pequeño pueblo, pero el pasado del enólogo Pérignon sigue estando presente. Los más entusiastas le atribuyen el descubrimiento del «método champenoise», aunque lo más probable es que mejorara técnicas ya aplicadas. Dejó escritas sus normas de vendimia, vigentes aún hoy, y se le atribuyen incontables innovaciones —discernir entre la certeza y la leyenda es complejo en este personaje—, como la utilización por primera vez de tapones de corcho para las botellas, tras una visita al monasterio benedictino de Sant Feliu de Guixols.

Hautvillers está a tiro de viñas —apenas ocho kilómetros— de Epernay, «la capital del champán». También aquí la mayoría de sus vecinos vive de la economía de las burbujas. Por ejemplo, Bernard Ocio, uno de los cocineros más conocidos de la región, que oficia en el restaurante «La Cave à Champagne», donde utiliza el espumoso como acompañante esencial de sus creaciones. O Jean-Louis Brizard, director de la oficina de turismo de la localidad, que presume de cifras («se distribuyen 330 millones de botellas cada año, procedentes de cientos de pueblos, de miles de explotaciones») y de las tres uvas características: «Pinot noir, que da la estructura, el cuerpo; chardonnay, la frescura, la elegancia; y pinot meunier, la redondez».

En la Avenida del Champagne de Epernay se oyen todos los idiomas estos días previos a la Navidad. «Que me pongan mil botellas», bromea un turista de El Salvador en la tienda de Moët et Chandon, al final de la ruta guiada por sus instalaciones. Y algo parecido deben decir, o tal vez no, los decenas de ciudadanos japoneses que por aquí pasan a cada momento, en busca de las sedes de las míticas compañías del champán. Desenfundan las cámaras digitales, posan delante de las botellas, compran unas cuantas y regresan al autobús, entusiasmados por haber respirado tan de cerca este «aroma francés».

Enzo Olguín aguarda en la entrada de otra de las empresas tradicionales instaladas en esta «área espumosa», Champagne de Castellane, creada por el vizconde Florens De Castellane en 1895. Entre estos muros, Olguín explica la vida del vino, desde la vendimia (esta temporada, a principios de septiembre, antes de lo habitual) a la primera fermentación, en enormes cubas de acero inoxidable de hasta 150.000 litros. Ahí se mantiene durante un mes a una temperatura de entre dieciséis y dieciocho grados. Luego habrá que eliminar el gas carbónico, para obtener el vino base; añadir levadura, y dejar reposar el resultado durante cinco o seis meses. Los productos tradicionales necesitarán de dos a tres años en las botellas; los de prestigio, seis o siete; y el clásico, champán para el que nadie sabe la fórmula (simplemente ocurre), puede aguantar décadas. «El más antiguo que ahora tenemos es de 1919», afirma.

La producción de Castellane reposa en una espectacular galería de más de nueve kilómetros de extensión. Dicen que toda la ciudad de Epernay está agujereada, como si fuera el Metro de Madrid, por unos doscientos kilómetros de galerías subterráneas en las que el termómetro se mantiene en torno a los doce grados. Apenas se escucha el sonido de una gota de agua al chocar contra el suelo. En los laterales hay botellas de final del siglo XIX, por supuesto inservibles salvo para recordar el paso del tiempo. Y en los rincones oscuros, las cosechas más recientes, a la espera de su turno para salir al mercado.

De Epernay a Reims, la capital económica de la región, hay treinta kilómetros, media hora de carretera, eso siempre que no nos detengamos en alguna bodega cercana, como la clásica Ruinart, con sus treinta kilómetros de cavas clasificados como Monumento Histórico. De las viñas a la ciudad, iluminada por los puestos de uno de esos tiernos mercadillos de Navidad del centro de Europa. Del campo ocre a la exhibición de luces y farolillos, en las mismas calles que fueron arrasadas durante la Primera Guerra Mundial. En aquellos años, en el casco urbano se contaban 14.000 casas; sólo sesenta eran habitables al terminar la contienda.
Cuando callaron las bombas empezó la reconstrucción, salpicada de diferentes estilos, un toque de «art déco», otro de «art nouveau», algo del clasicismo de la relativamente próxima París. Reims se estira alrededor de su apoteósica catedral, construida en el siglo XIII, uno de los edificios góticos más importantes de Francia. Las estadísticas oficiales dicen que sobre este tesoro impactaron 247 cañonazos en los días infernales de la Primera Guerra Mundial. Ahora, tras la reconstrucción realizada por Henri Denaux, aguanta imperturbable otros disparos, los de las cámaras digitales de los incontables turistas que empiezan aquí su visita a la ciudad. Luego habrá que ver la Place Royale, la última plaza real construida en Francia, o el Ayuntamiento (1627-1825), pero el paseo junto a las vidrieras creadas por Chagall o el espectáculo de las 2.303 estatuas que adornan sus muros resultarán inolvidables.

El Café du Palais, uno de los históricos de Europa, es un buen sitio para reponer fuerzas antes de continuar. Por estas salas de decoración abigarrada han pasado incontables estrellas del bel canto. No en vano la Ópera de la ciudad está justo enfrente. La casa la dirige Jean Louis Vogt, que nos hace probar dos vinos poco conocidos en España. Primero, champán, un Beaumont des Cerayères, empresa que dedica el 90 por ciento de su producción a la exportación. Luego, un tinto de la región, rara avis elaborada en Bouzy, uno de esos pueblos de las montañas que rodean Reims.

En Sedan, la siguiente parada, espera un castillo amurallado de 35.000 metros cuadrados en el que se ha abierto un hotel. Descanso entre las piedras que ordenó levantar Evrard de la Marck en el siglo XV. Dicen que intramuros podían vivir y luchar cuatro mil soldados, y que ni siquiera Carlos I pudo doblegar su defensa. Ha pasado mucho tiempo. El castillo es hoy un reino de paz, que puede explorarse de principio a fin. Las torres de los vigías, los eficaces sistemas de defensa que se inventaron en este lugar, los siete niveles de construcción… y, al cabo, el sueño en un lateral completamente restaurado, cómodo, la felicidad del silencio.

De nuevo el coche, de regreso a París. Antes, un alto en Charleville-Mézières, una ciudad «joven» inventada por Carlos de Gonzaga (1580-1637) para reforzar el poder católico en esta franja fronteriza, a dos pasos de Bélgica. El noble Gonzaga ordenó construir una plaza bellísima, perfectamente ordenada (el resto de Charleville se hizo a partir de este cuadrilátero), con el sello reconocible de los arquitectos de la familia de los Medici. Unas casas más allá nació Rimbaud, poeta heterodoxo en esta plaza fuerte del catolicismo. Escribió «Una temporada en el infierno», título que en ningún caso nos serviría para esta crónica.

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